Hoy vi el ciruelo en flor... y me acordé de ti. Me vinieron a la cabeza tus palabras: “Mira, ya floreció, mira cuánta vida hay en el”.
Recuerdo cómo me hablaste de Lola, con esa paciencia infinita y ese cariño que no se podía fingir. La manera en que la mirabas, cómo sostenías su mano, cómo escuchabas sus palabras y sus silencios… nos enseñaste a todos los que estábamos cerca lo que significa amar de verdad, con paciencia, con respeto, con entrega. Y yo, que llegué a conocerte siendo apenas consciente de la fuerza de tus ojos y tu presencia, aprendí a valorar lo que es cuidar y acompañar. Aprendí de ti a ver la grandeza en los gestos simples y a reconocer que los vínculos se construyen día a día, con ternura, con atención, con cariño constante.
Te recuerdo sentado, preguntándome por mi fin de semana, contándome historias de cuando eras joven, historias que parecían pequeñas travesuras y que me hacían reír mientras me enseñabas sobre la vida, sobre la paciencia, sobre el amor y la alegría de las cosas sencillas. Como aquella fiesta, cuando hiciste trampas para poder bailar con Lola… qué manera de querer, de jugar, de vivir con intensidad cada instante. Ese recuerdo, como muchos otros, sigue aquí conmigo, como un hilo que me une a ti.
Y luego están tus libros. Antonio, cómo me fascinaba tu manera de abarcar tanto: relatos de tu taller de escritura, historia de Argentina, física del golf, historia de la electricidad, refranes… todo lo que escribías, todo lo que investigabas, reflejaba tu curiosidad infinita y tu deseo de comprender el mundo, de dejar algo para quienes vendríamos después, de compartir la maravilla de aprender. Esa inquietud tuya era contagiosa, y me impulsó también a atreverme, a estudiar, a seguir un camino que jamás hubiera imaginado sin tu aliento. Gracias a ti me decidí a ser auxiliar de enfermería, a apostar por un futuro que ahora siento vivo y lleno de sentido, porque lleva tu marca, tu inspiración, tu mirada puesta en mí.
Antonio, fuiste un hombre que amó con intensidad, a Lola, a tus hijos y nietos, a quienes tuvieron la fortuna de estar cerca de ti. Y aunque la vida nos obligó a seguir, y aunque Lola ya no recuerda esos momentos, tu amor sigue presente en todo lo que hacemos por ella, en la manera en que la cuidamos y la sostenemos. Cada gesto de ternura que le doy hoy, cada abrazo, cada beso, es un eco de todo lo que tú nos enseñaste con tu paciencia y tu entrega.
Cuando llegó la enfermedad, luchaste con la fuerza de alguien que jamás se rinde. Yo, con mi corazón pequeño y lleno de miedo, te dije: “Esta lucha la vamos a ganar”. Y hoy siento una tristeza profunda porque no pudo ser así. Pero a la vez, siento un respeto inmenso por la valentía con la que enfrentaste cada día, cada dolor, cada momento de incertidumbre. Tuve el privilegio de abrazarte y sostenerte como pude aquellas veces que te derrumbaste estando yo, porque tu lucha fue tan, tan dura...
Esa fuerza tuya permanece conmigo, como un faro que ilumina cómo seguir adelante, cómo sostener sin quebrarse, cómo amar con firmeza incluso cuando duele.
Gracias, Antonio, por enseñarme a verme como alguien valioso, porque tu me valoraste cuando aquellos que tuvieron que hacerlo en su dia, no lo hicieron , a verme como alguien capaz de enfrentar la vida y cuidarla. Por recordarme que cada instante tiene significado y que la vida se vive con intensidad y con amor.
Gracias por cada consejo, cada palabra, cada gesto.
Gracias por ser quien fuiste y por dejarme llevar tu recuerdo conmigo.
Te recuerdo hoy, con el ciruelo florecido, con las historias, con la risa y con la ternura, y sé que aunque ya no estés, tu vida, tu cariño y tu luz siguen presentes en mí, en lo que hago y en lo que soy.

